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La cooperación humana en la construcción de los aprendizajes

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La cooperación humana en la construcción de los aprendizajes


Por: Humberto Maturana

Como dice el título de la conferencia, mi tema es La cooperación humana en la construcción de los aprendizajes, de modo que voy a hablar de lo humano, de la cooperación y del aprendizaje. Mas, para hacer esto, necesito efectuar un pequeño recorrido, e invitarlos a que me acompañen en él. No diré esencialmente nada que ustedes no sepan. A decir verdad, todo lo que yo diga se apoyará justamente en lo que ustedes y todos nosotros sabemos por el solo hecho de ser personas, seres humanos que existen en el lenguaje.

Antes que nada, quisiera decir algo sobre lo que somos en tanto seres vivos. Yo soy biólogo y esto define, para mí desde luego, el punto de partida desde el cual hablo. Mi interés, mi intención, es comprender a los seres vivos. Desde muy temprano yo fui uno de esos niños demasiado curiosos, y tuve la buena fortuna de que mi madre nunca me restringiera en ello; al contrario, ella me abría el espacio, me dejaba recoger piedras, esqueletos, etc. (Bueno, lo único que una vez no me dejó meter a la casa fue el esqueleto de un caballo —era demasiado grande y creo que en el fondo tenía razón.) Hablo desde ahí, entonces, pero también quiero dejar en claro que hablo desde nuestro presente, como biólogo. Nos encontramos aquí, ustedes, yo, todos nosotros y mi tema es entender cómo nosotros, seres humanos, hacemos lo que hacemos; entre otras cosas, aprender y cooperar. Quiero destacar entonces que, como seres vivos, somos sistemas moleculares. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que, si a cualquiera de nosotros le sacan un pedacito de cualquier parte y lo muelen en un mortero y después lo analizan, moléculas de distintas clases aparecen: proteínas, hidratos de carbono, moléculas más sencillas, lo que fuere, todo un conjunto de moléculas. Conque somos sistemas moleculares. Pero somos configuraciones moleculares, no moléculas en sentido puro; somos agregados moleculares que adoptan configuraciones particulares y que configuran esos entes que somos nosotros. Ahora bien, nuestra condición de seres moleculares significa que somos sistemas determinados en su estructura, es decir, en el modo como están hechos. Voy a referirme a situaciones cotidianas en las cuales esto es aparente. Supongamos que ustedes tienen una grabadora y aprietan la tecla que dice "grabar" pero la grabadora no funciona, y entonces van donde el médico a decirle "Doctor, tenga la bondad de examinarme el dedo índice de la mano derecha, que mi grabadora no funciona cuando aprieto la tecla 'grabar' con él". ¿Hacen eso? No, ¿verdad? No, porque uno sabe que lo que sucede con la grabadora no depende del dedo. El dedo desencadena, gatilla un proceso determinado en la estructura de la grabadora, y lo que uno hace, más bien, es tomar la grabadora, llevarla donde alguien que entiende de grabadoras y decirle: "Señor, por favor examine la estructura de mi grabadora, modifíquela si es posible", de modo que la próxima vez que apriete la tecla "grabar" con el dedo, con un lápiz, con el codo o lo que sea, grabe. Que se desencadene el grabar.

Y somos de esa clase: cuando alguien nos dice algo, escuchamos desde nosotros, no escuchamos lo que el otro dice, sino que escuchamos algo que a nosotros nos pasa. Es por eso que en la vida cotidiana usualmente nos damos cuenta de que, cuando decimos algo a otro, el otro oye una cosa que no es lo que le hemos dicho pero tiene que ver con él o con ella. Y a veces uno le dice "Tú te escuchas a ti mismo todo el tiempo, no me escuchas a mí", porque es así. Solamente oímos desde nosotros mismos. Yo digo lo que digo y ustedes oyen desde ustedes. Si yo pudiese especificar lo que ustedes oyen sería muy fácil; diría: "Bla, bla, bla, muchas gracias, hasta luego, terminó la conferencia". Pero no es así. Algo tiene que pasar porque cada uno oye desde sí, y lo interesante es que mediante la convivencia llegamos a hacer cosas juntos con algún grado de armonía, a pesar de que cada cual oye desde sí. Yo podría mostrarles esto por medio de fenómenos relacionados con nuestra biología, pero no es preciso porque la vida cotidiana ya lo hace. Así, el que seamos sistemas determinados en nuestra estructura significa también que, si nuestra estructura cambia, cambia nuestra conducta, y esto también lo sabemos desde la vida cotidiana. Por ejemplo, si sufro un accidente y me fracturo un hueso, tanto mi espacio de movimiento como mi espacio relacional cambian, y no sólo eso: cambia todo mi emocionar, todo mi razonar sobre mi circunstancia. No es que la fractura determine por sí sola un cambio en mi razonar, pero mi modo de vivir cambia, porque la fractura ha alterado mi corporalidad, mi estructura, y me muevo de otra manera de ahí en adelante. Somos, entonces, sistemas determinados en nuestra estructura. Si cambia nuestra estructura, cambia nuestra conducta, y no tenemos estructura fija porque estamos en cambio continuo. Desde luego el cambio continuo es aparente en mis movimientos, ¿no? Si me muevo, mi estructura cambia: mis brazos están en posición distinta, los músculos se contraen, el flujo de la sangre cambia, la presión arterial sube, etc., pero el cerebro también cambia. En la actualidad sabemos, como un conocimiento relativamente general, que las células cerebrales no se reproducen, que tenemos las mismas células cerebrales desde alrededor de los doce años hasta que nos morimos, pero ellas no están fijas, cambian continuamente, cambian sus ramificaciones, cambian sus conexiones. De modo que lo que hacemos, nuestra conducta, va cambiando con el cambio de nuestro sistema nervioso. Pero, además, nuestra estructura cambia esencialmente de dos maneras. Por ejemplo, en el caso de la grabadora, si yo aprieto la tecla que dice "grabar", desencadeno una dinámica de cambio estructural internamente determinada en la grabadora, pero la grabadora tiene cuatro teclas por lo menos: el que sea apretada la tecla "grabar" es el resultado del encuentro conmigo, o sea que el tipo de cambios internos gatillados depende del encuentro con el medio, en este caso la persona que usa la grabadora.

Hay una dinámica estructural interna que sigue un curso de cambio contingente, circunstancial respecto de las interacciones que tiene el sistema en el medio (si el sistema es un ser vivo). Su dinámica interna, sus cambios estructurales se ven modulados por el curso de sus interacciones en el medio, en su circunstancia. Esto quiere decir tres cosas. Uno, que todo lo que le pasa al ser vivo está determinado en su estructura. Dos, que en tanto no tiene estructura fija, sino más bien una cambiante, su conducta también está en cambio continuo. Y tres, el cambio conductual que va surgiendo del cambio estructural será contingente respecto del vivir. ¿Por qué? Porque estará modulado por el fluir de las interacciones en el medio que gatillan ciertos cambios estructurales. Y esto, señoras y señores, lo sabemos; lo sabemos y es aparente cuando nos preocupamos por el colegio al cual enviar a nuestros hijos. Sabemos que, si enviamos a nuestros hijos al colegio A, va a salir un niño o una niña con ciertas características, por la historia de interacciones que vivirá en ese colegio. Si lo enviamos al colegio B, va a salir un niño con otras características en la medida en que sus historias de interacción serán distintas, y otro tanto ocurrirá si lo mandamos al colegio C. De modo que elegimos el colegio como un espacio de interacciones al cual vamos a exponer a nuestros hijos según lo que queremos que pase en el devenir de su vivir, según las conductas que queremos que aparezcan y que aparecerán conforme a los cambios estructurales (o mejor: el curso de los cambios estructurales) que vivan en el fluir de las interacciones en el colegio. Lo anterior no es nada secundario; es absolutamente central.

Voy a representar esto de la siguiente manera. Sea éste un ser vivo —y lo dibujo como una flecha cerrada sobre sí misma, porque los seres vivos en tanto sistemas moleculares son redes cerradas de producciones moleculares que constituyen a la totalidad del ser vivo como unidad. En interacciones en un medio, se tiene como resultado que el ser vivo existe en dos dominios diferentes. Uno, el dominio de lo que voy a llamar la fisiología, el dominio de la dinámica estructural interna. Y otro, el dominio de las relaciones que surgen en las interacciones en el medio, que voy a llamar el dominio de la conducta. Observen ustedes que, aunque hablamos como si la conducta la hiciese uno, en verdad ella surge en la relación con la circunstancia en la cual se está. Por ejemplo, yo puedo decir que camino con toda naturalidad de un lado a otro, pero ¿hago yo el caminar? Si ustedes me cuelgan de las axilas, y muevo mis piernas, no hay caminar. Para que haya caminar tiene que haber una interacción con el suelo que resulte en un desplazamiento del suelo... ¿Ven? Yo echo al suelo para atrás, yo echo a ustedes para atrás en este proceso. Y es en esa interacción de mi dinámica estructural con el suelo donde aparece el caminar. De modo que el organismo surge en la relación. No es algo que el organismo haga, sino que surge en la relación, en la interacción con el medio y, por lo tanto, no es determinada desde el organismo o desde el ser vivo ya que involucra el encuentro con algo independiente, que es el medio. Y, en este proceso, las flechas que he puesto aquí indican encuentro: la flecha hacia abajo indica mi incidencia hacia el suelo; la flecha hacia arriba indica la incidencia del suelo sobre mi pie. Al poner mi pie, yo gatillo un cambio estructural en el suelo, que puede parecer mínimo pero que está ahí si tenemos los sensores adecuados para verlo, y el suelo, al incidir sobre mi pie, gatilla un cambio estructural en mí que reconocemos como una sensación de rugosidad o presión en el suelo. De modo que lo que está en juego aquí son encuentros que resultan en gatillamientos de cambios estructurales, porque el medio también está determinado en su estructura. ¿Y qué ocurre aquí? Ocurre algo muy interesante.

Si hay interacciones recurrentes, voy a tener una historia, un proceso en el cual la estructura del ser vivo ha de cambiar según las contingencias de los encuentros en el medio, según el curso de las interacciones. Cada encuentro va a gatillar un cambio estructural y, al mismo tiempo, el medio va a cambiar según las incidencias del organismo en él. Ambos van a cambiar de manera congruente: la estructura del ser vivo va a cambiar y la estructura del medio también. Conque, si éste es un momento inicial que llamaremos "t0" (tiempo cero) y hay un momento posterior que llamaremos "tn" (tiempo..., muchas interacciones después), veremos que el ser vivo y su circunstancia cambian juntos. Un ejemplo cotidiano: ¿qué sucede cuando uno se pone la chaqueta de otra persona? Fíjense: voy con un amigo a una tienda y llegamos a este lugar donde hay chaquetas; nos las probamos y resulta que hay una hechura, un modelo de una talla particular que nos probamos los dos y a los dos nos queda bien en ese instante.Y como es tan bonita la chaqueta, mi amigo la compra y empieza a usarla. Después de algún tiempo se la pido prestada y descubro que no me queda bien. A mi amigo le queda bien pero a mí no. ¿Qué ha sucedido, entonces? Que la chaqueta cambia conforme al cuerpo de quien la usa y, aunque inicialmente todas las chaquetas sean iguales, en la medida en que los cuerpos se mueven de manera distinta, las chaquetas cambian de manera distinta. Pero también cambia el cuerpo, y va cambiando conforme al encuentro con la chaqueta o, en un caso mucho más claro, con los zapatos. Los pies y los zapatos cambian juntos de manera congruente. La chaqueta y el cuerpo cambian juntos de manera congruente.

Esto pasa continuamente en el devenir del vivir. Ser vivo y circunstancia cambian juntos de manera congruente. Y, curiosamente, cambian juntos en la conservación espontánea de dos tipos de relaciones. Cierta vez le regalé a uno de mis hijos un conjunto de herramientas de carpintería —él tenia como siete años—, pero no tuve la precaución de regalarle madera suficiente para que hiciera lo que quisiese. Y llego a mi casa un día y veo que a una mesa que yo tenía le había cortado un borde así —una mesa que yo usaba como escritorio. Entonces le digo: "Hijo mío, me has modificado el escritorio". ¿No le hubiesen dicho ustedes lo mismo? Por favor, vean qué cosa más interesante: el niño le corta un borde al escritorio pero el escritorio sigue siendo escritorio, ¿no les parece estupendo? "Hijo mío, me modificaste el escritorio." Le cambió la estructura porque le retiró un pedazo, pero el escritorio siguió siendo escritorio. Días después, como necesitaba más madera, cortó la mesa por el medio, porque ahora necesitaba un pedazo más ancho, y claro, cuando llego a casa le digo: "Hijo mío, ya no tengo escritorio", porque tenía ambos pedazos ahí en el suelo. ¿Y qué había hecho en ambos casos? Lo había aserrado. En un caso fue un aserramiento que cambió la estructura del escritorio pero lo dejó como escritorio; en el otro fue un aserramiento que cambió la estructura del escritorio original anulándolo como tal. Uso este ejemplo de lo que pasó con mi hijo porque en la vida cotidiana sabemos que un escritorio puede sufrir cambios estructurales que lo dejan como escritorio, y cambios estructurales por los cuales deja de serlo, y cuáles son cuáles depende por supuesto de la estructura del escritorio, así como su ocurrencia depende de las interacciones con las circunstancias.

Con esto se muestra, entonces, que la historia del vivir es una historia de cambio estructural con conservación del vivir. Así, la historia del vivir estando vivo va cambiando la estructura, y el vivir se va conservando con conservación del vivir y de la coherencia con la circunstancia. La palabra adecuada para ello es adaptación. La conservación de la adaptación, la coherencia con la circunstancia. Fíjense que yo sé algo de todos ustedes; sé una cosa de todos, de cada uno de ustedes. Disculparán que me entrometa en su vida privada y diga esto públicamente, pero es lo mismo para todos. Yo sé que todos ustedes han vivido su vida sin tener jamás una interacción en la cual hayan perdido el vivir. Claro, parece una cosa obvia, desde luego es una cosa obvia y sin embargo es lo central, porque cuando la mamá manda a su niño solo al colegio por primera vez, a su hija sola por primera vez, su verdadera preocupación es que no tenga ninguna interacción en el camino a través de la cual pierda el vivir. Ésa es la preocupación que uno tiene, de modo que, si uno está vivo, quiere decir que uno ha vivido conservando el vivir y la coherencia con la circunstancia, y esto ha pasado así, sin ningún esfuerzo, en una dinámica en la cual el ser vivo y la circunstancia cambian juntos. Ahora ustedes, en esta historia de cambio que han tenido a lo largo de sus vidas, están en circunstancias completamente distintas de aquéllas donde estaban cuando empezaron como bebés, incluido yo por supuesto. Cuando era un bebé, ahí estaba yo metido en una cuna, y ahora ya no: ahora doy vueltas por el mundo. Ésa es esencialmente la condición de los seres vivos, y esto que he dibujado aquí lo voy a dibujar ahora mostrando lo que pasa con dos seres vivos en interacciones recurrentes —nótese que al final de esta historia en algún momento deja de conservarse el vivir y uno se muere. (Esto no es una amenaza ni un pronóstico ni nada por el estilo; es simplemente una apreciación de lo que pasa con el vivir, y esto requiere un "tn + 1", o sea que todavía falta, podemos estar tranquilos.) Pero ¿qué ocurre cuando se trata de dos seres vivos en interacciones recurrentes? Ocurre exactamente lo mismo, con la sola y obvia diferencia de que esta vez ocurre entre dos seres vivos en interacciones recurrentes.

Tengo aquí dos seres vivos, A y B, en interacciones recurrentes entre sí, y con C [el ámbito que ocupan], en el devenir de sus interacciones recurrentes. Mientras sigan en interacciones recurrentes van a cambiar juntos de manera congruente, espontáneamente, sin ningún esfuerzo. Y eso nos pasa todo el tiempo con los amigos, con las parejas, con los hijos, con los jefes, mientras sigamos en interacciones recurrentes, porque de pronto nos separamos, nos hacemos independientes e ingresamos a otra historia de interacciones recurrentes, en otro ámbito. Seres vivos y circunstancias cambian juntos de manera congruente y esto, esto que pasa aquí, si ponemos de por medio la reproducción, constituye en la historia de los seres vivos la configuración de la biosfera. La biosfera o los sistemas ecológicos resultan de esta manera, resultan de una historia de cambios de seres vivos que interactúan unos con otros y se van transformando de manera congruente generación tras generación, de modo que en estos momentos nos encontramos con que la biosfera es un sistema de seres vivos que encajan bien unos con otros y en el que, cuando el encaje no se produce por circunstancias cualesquiera, se muere uno u otro, se desintegra el sistema ecológico y eventualmente se puede desintegrar la biosfera. Ahora, ¿qué tendrá que ver esto con el aprendizaje? Es muy interesante porque si yo miro..., esto aquí, hay dos momentos "t0" y "tn", o sea dos momentos, y aquí han pasado muchas cosas entretanto, muchas interacciones, muchos cambios estructurales. Si yo miro este instante y después miro este otro instante por separado, me puedo preguntar: ¿cómo aprendieron A y B a vivir juntos? ¿Cómo aprendieron A y B a conducirse de manera adecuada el uno con el otro en C? ¿O no?

Aquí tenemos a este ser vivo interactuando en este medio, en una historia de interacciones, y aquí está después y yo puedo preguntarme: ¿cómo aprendió este ser vivo redondo, que vivía en un ambiente cóncavo, a vivir en este ambiente plano? ¿Cómo aprendió este niño que vivía de tal manera a hacer las cosas que hace ahora? ¿Cómo aprendió este ser que vivía haciendo redondelas a vivir en un ambiente donde tiene que hacer cosas planas? Y la pregunta es formulada como si A hubiese aprendido a estar en C, como si C hubiese preexistido a A. Formulamos la pregunta "¿Cómo aprendió A a vivir en C?", como si C hubiese preexistido. Pero nosotros ya sabemos que esto no es así, que A no aprendió a vivir en C, sino que cambiaron juntos y, en un sentido estricto, este niño que va al colegio y que después de un año sabe hacer ciertas cosas, como leer por ejemplo, no aprende a leer en ese libro que estaba ahí, sino que se va transformando en el colegio junto con los libros, de modo que, al final del año, lee aquel libro que surge con él o con ella en su transformación coherente con el colegio.

En suma, el aprendizaje es una transformación coherente con las circunstancias en el fluir de las interacciones, y de todos modos esto ocurre sin esfuerzo y lo sabemos. Lo sabemos porque nos preocupamos de las compañías de nuestros hijos y decimos: "No, no me gusta ese amigo porque vas a aprender sus mañas". "No, mamá, si yo no aprendo esas cosas." Y la mamá sabe que va a transformarse con el amigo, de modo que al final de la historia de estar juntos ambos serán distintos. La mamá teme que su hijo se parezca al amigo porque piensa que uno aprende algo que preexiste, aunque en verdad ello no sea exacto, pues el ser vivo y la circunstancia cambian juntos, sin esfuerzo. Cuando alguien tiene dificultades en el aprendizaje es, o por las emociones que interfieren (los miedos, las luchas, el no querer estar ahí y por lo tanto no estar ahí), o porque se le pregunta en un espacio distinto de aquél donde se transformó.

Sé de un caso muy interesante que conocí por una revista en 1968. Cuando era profesor visitante en la Universidad de Illinois, un número del Times publicaba el siguiente relato: un joven que está en un colegio recibe como tarea de examen medir la altura de la torre del recinto escolar con un altímetro que el profesor le ha dado. Este niño va entonces a una ferretería, compra un cordel, amarra el altímetro al cordel, sube hasta lo alto de la torre, deja caer el altímetro hasta el suelo y después mide el largo del cordel y dice "La torre mide quince metros, veinte centímetros", y el profesor lo desaprueba. En vista de ello, el alumno presenta una solicitud a las comisiones académicas, le conceden dar el examen de nuevo y el profesor vuelve a decirle "Mide la altura de la torre con este altímetro", y este niño perverso va entonces al parque y usa la altura del altímetro para efectuar una operación de triangulización. Uno puede calcular adecuadamente la altura de algo si realiza un juego con los triángulos según la altura del objeto que esté usando, y con este procedimiento el alumno obtiene quince metros, veinte centímetros. De vuelta lo sacan mal. Nuevamente solicita dar el examen, y nuevamente el profesor le dice "Calcula la altura de la torre con este altímetro", y este estudiante perverso se las arregla para calcular la altura de la torre con el altímetro siete veces, de siete formas distintas, sin usar el altímetro como altímetro, qué perversidad, ¿eh? Pero ¿sabía o no sabía?

Ciertamente ello depende de dónde estaba la pregunta, de cuál era la pregunta que él escuchaba. Usualmente decimos que no aprendió pues ignoramos el espacio en el cual este ser se ha transformado. No obstante, si vivimos en el curso de nuestro vivir inevitablemente nos transformamos en congruencia con nuestra circunstancia, y a esto uno lo puede ver como aprendizaje siempre que enfoque el tipo de coherencia que ha mirado. Conviene notar que, para el aprendizaje, la pregunta oculta la historia, pero si uno mira la historia advierte que es una transformación congruente y que uno no aprende algo sino que se transforma con la circunstancia.

Eso quería decir sobre nosotros los seres vivos en general, pero ahora quiero decir algo sobre nosotros los seres humanos. Los seres humanos somos seres vivos, pero somos seres vivos de una clase particular, seres vivos que existen en el lenguaje, que existen haciendo ese tipo de cosa que hago yo ahora, a saber, hablar. Ustedes ven que emito sonidos, hago gestos, me muevo y todo esto va configurando lo que nos está pasando, y ustedes lo entienden o no lo entienden, pero de alguna manera entienden algo porque lo estoy haciendo en castellano. Y no sólo eso, sino que ustedes están aquí y lo están pasando bien. Los seres vivos vivimos en el lenguajear y lo pasamos bien. Nuestra condición de ser seres humanos consiste en ser en el lenguaje, y lo que no surge en el lenguaje no nos pasa. Por ejemplo, yo podría preguntarles a ustedes si tienen páncreas y la verdad es que, a menos que el páncreas aparezca en su distinción porque han tenido alguna dolencia relacionada con él, no tienen páncreas. Ahora empiezan a tener páncreas porque empiezan a preguntarse "¿Qué será el páncreas? ¿Dónde está el páncreas? ¿Tendré algo con el páncreas?", pero si no aparece en la distinción que hacemos, no está. Y los seres humanos hacemos nuestras distinciones en el lenguaje. Ahora bien, ¿qué es el lenguaje como fenómeno?

Si preguntamos por el lenguaje, oiremos como respuesta corriente que el lenguaje tiene que ver con la comunicación, e igualmente oiremos que es una "comunicación simbólica", pero ¿qué es la comunicación? Hagamos un pequeño juego. Supongamos que yo tomo un teléfono, un teléfono celular, de ésos que pueden manejarse con una sola mano, tic tic tic… Voy a llamar a mi hermano Draco, que está en Santiago de Chile. (Señal de espera)… "Aló, ¿Draco?, aló, aló…" (Interferencia)… "Aló, ¿Draco? Sí, yo… ¿Draco? Te llamo desde Lima, ¿Draco?" ¿Qué comentario hacen ustedes? "No se pudo comunicar." Si yo digo "No me pude comunicar", ustedes entienden exactamente qué fue lo que pasó. Pero supongamos que intento de nuevo, tic tic tic... "Aló, ¿Draco? Sí, soy Humberto. Estoy en Lima; me han recibido maravillosamente. Sí, son muy amorosos conmigo, no sé por qué pero así ha sido, y estoy encantado. Vuelvo a Santiago el sábado. ¿Tú crees que nos podamos ver el domingo? Ya. ¿Dónde? En mi casa, estupendo. Chau", tic. Se puede decir que nos comunicamos, ¿verdad? Esta vez sí que nos comunicamos. ¿Y qué quiere decir eso de que nos comunicamos? Quiere decir algo muy simple: que en la interacción se produjo una coordinación conductual. Si no hay coordinación conductual no hay comunicación. En la primera llamada telefónica no hubo señal alguna de que mi hermano y yo hubiésemos coordinado nuestras conductas; sencillamente no nos pudimos comunicar. En la segunda llamada, el curso de lo poco que ustedes han oído revela que coordinamos nuestras conductas: nos vamos a encontrar el día domingo en mi casa. Y entonces uno dice "Claro, ahora sí se pudieron comunicar". La comunicación es un comentario sobre el curso de las interacciones, no es un fenómeno primario. Si vemos que en las interacciones hay coordinaciones conductuales, decimos que hay comunicación.

Lo primario en el lenguaje es la coordinación conductual; incluso el símbolo es secundario respecto de la coordinación conductual. En el símbolo hay algún acuerdo que ocurre en el lenguaje para que una cosa esté por otra en el fluir de las coordinaciones conductuales. El lenguaje es un modo de fluir en la convivencia en coordinaciones conductuales, que suelen ser, además, coordinaciones de coordinaciones conductuales. Y a estas coordinaciones de coordinaciones conductuales las llamaré "consensuales", porque surgen en el fluir de las interacciones consensuales. O sea: el lenguaje tiene que ver con el hacer porque tiene que ver con la conducta. Es un fluir de interacciones en las cuales coordinamos nuestras conductas y nuestros haceres, y es por ello que nos preocupa tanto el modo cómo las cosas se dicen, porque el fluir de haceres que las palabras coordinan es según el modo cómo éstas se dicen.

El significado de las palabras no está en ellas, sino en el fluir de coordinaciones conductuales en las que participan. Mas, ¿por qué coordinaciones de coordinaciones? Aquí es precisa una pequeña escenificación. Ustedes salen a la calle y están aquí, en esta vereda. Quieren tomar un taxi pero todos vienen ocupados. Sin embargo, al otro lado, en la otra dirección (porque es una calle de doble tránsito), se aproxima un taxi desocupado. ¿Qué hacen ustedes? Si pueden cruzar, cruzan, ¿pero si no pueden? Pues buscan encontrarse con la mirada del taxista y, si al encontrarse con ella el taxista hace determinado gesto, responden con otro gesto y es de presumir que el taxista da la vuelta y se detiene aquí. En el encuentro de las miradas, en ese primer gesto, el taxista y yo quedamos coordinados en nuestra conducta, dejamos de ser independientes por un momento y el segundo gesto coordina nuestra coordinación. Si por casualidad viene otro taxi libre y yo lo abordo mientras el primer taxista da la vuelta, éste se queja en perfecto castellano: "¿Pero acaso no me había pedido a mí que lo llevase?". Vale decir que este gesto o doble gesto que nace del encuentro con la mirada del taxista —porque si no me encuentro con ella nada ocurre— se vive como algo que un observador puede comentar diciendo "Le pidió que lo llevase, lo contrató, se pusieron de acuerdo". Cuando yo hago este gesto y me encuentro con su mirada, el taxista hace un gesto que se conecta con el mío, y cuando hago este otro gesto también. Así, lo que hay ahí es una operación mínima en el lenguaje: un fluir de interacciones que constituyen una coordinación de coordinaciones conductuales. Digo entonces que el lenguaje ocurre en la convivencia como un modo de fluir en coordinaciones de coordinaciones conductuales, y tiene que ver con el hacer y con el significado de las palabras, los sonidos y los gestos. No está en ellos sino en el fluir de coordinaciones conductuales en las cuales participa. En sentido estricto, con el lenguaje surgen los objetos o, dicho de otra manera, con las coordinaciones de coordinaciones conductuales.

Y si atendemos a nuestra vida cotidiana nos daremos cuenta de que es así, pero conviene poner otro ejemplo. Estamos en Santiago y mi señora quiere tomar un taxi. Ya es tarde, ella trae un paquete y un auto está ahí. Abre la puerta, entra y le dice al chofer "Lléveme a tal parte". El automóvil parte, la lleva a la dirección pedida y ella le pregunta "¿Cuánto le debo?", y él le contesta: "Nada, señora, yo no soy taxista". Observen qué contradicción más interesante, porque el taxi, el "taxismo", ha surgido en las condiciones conductuales que ahí se produjeron, en la medida en que el taxi es la coordinación conductual o la coordinación de coordinaciones conductuales a través de la cual alguien es llevado por otro.

Los objetos surgen en la convivencia, en el lenguaje. Históricamente, en la historia que nos da origen antes del lenguaje, no hay objeto y, dicho de una manera brutal, el gato que se come un ratón, no se come un ratón; el reloj que da la hora, no da la hora. La hora es un fenómeno que pertenece a nuestro fluir de distinciones en el lenguaje, el ratón es ratón en nuestro fluir de coordinaciones de coordinaciones conductuales que distinguen al ratón como ratón. En tanto vivimos en el lenguaje, vivimos un mundo que generamos con nuestras coordinaciones de coordinaciones conductuales, pero ¿dónde está la cooperación? Sucede que hay una dimensión adicional, que son las emociones. Digamos que uno de nosotros tiene una emoción particular, o que una persona amiga tiene pena, miedo quizá: uno sabe entonces que esta persona puede hacer ciertas cosas y otras no. "Avisa a tu amiga para que venga a vernos." No, desde luego, porque tiene miedo de salir a la calle. Cuando la llamo por teléfono y le digo que salga, tiene miedo. Y yo sé que en tanto ella está en el miedo, hay ciertas cosas que no hará, como por ejemplo salir a la calle.

Cuando distinguimos emociones, distinguimos clases de conductas relacionales. Las emociones definen el espacio relacional en el cual nos encontramos, y esto lo sabemos perfectamente porque lo manejamos en la vida cotidiana. Imagínense que acaban de ir a la ópera. Han ido a la ópera, se han vestido para la ocasión, porque es una fiesta ir a la ópera, y vienen de vuelta a casa, felices, conversando sobre la música, la actuación que han visto… En fin. Y llegan a casa, encienden la luz de la cocina y ven una cucaracha que cruza lentamente el suelo de la cocina. Alguien exclama "¡Una cucaracha!". Yo salto para pisarla, la cucaracha huye y enseguida viene el comentario: "Se asustó, ¿eh?". ¿O me equivoco? Y es que la cucaracha se ha conducido de una manera radicalmente distinta a cuando cruzaba lentamente el suelo de la cocina. De otro modo yo podría decir: "Mira esa cucaracha, qué impertinencia, con qué tranquilidad cruza el suelo de mi cocina". Vale decir que yo estoy viendo en la cucaracha dos dominios distintos de conductas relacionales. Cuando está asustada corre por los rincones oscuros y, al encontrarse con otra cucaracha, no le hace caso y pasa por encima de ella, pero cuando está tranquila puede detenerse a comer y, si se encuentra con otra cucaracha, ambas se tocarán las antenas, puede haber cortejo, en fin, tantas cosas. No es una proyección de mi emoción, sino una apreciación del dominio de conductas relacionales en el cual se encuentra la cucaracha.

Toda vez que hacemos una apreciación emocional, efectuamos una apreciación del dominio de conductas relacionales en las cuales se encuentra ese otro ser o uno mismo en el momento en que la apreciación emocional es efectuada. Bajo distintas emociones podemos hacer distintas cosas, y esto también lo sabemos desde la vida cotidiana. Si en nuestro encuentro con el otro y en nuestras interacciones recurrentes estamos en la emoción en la cual estar con el otro es placentero, haremos cosas con el otro que surgen del placer de la convivencia. Si el encuentro con el otro se da de modo tal que estamos en el enojo, el curso de las interacciones tendrá un carácter completamente distinto, porque nuestras conductas serán de otra clase y estaremos en otro dominio de conductas relacionales. Curiosamente, hay un solo emocionar que hace posible la colaboración y con esto quisiera concluir. Primero, anotaré aquí lo que he dicho sobre las emociones; anotaré lo que son las emociones como fenómeno.

Emociones. Uno: dominios de conductas relacionales. Dos: dinámicas corporales que especifican las conductas relacionales posibles a un ser vivo —cualquiera que sea: nosotros, una cucaracha— en cada instante. En otras palabras, las distintas emociones corresponden lo que distinguimos, y cuando distinguimos emociones se dan distintos modos de relacionarse, distintas clases de conductas relacionales. No me valdré de un ejemplo; prefiero usar una imagen... Es como el automóvil. Cuando uno maneja y pone primera tiene un auto potente, agresivo; pone marcha atrás y tiene un auto oponente, que hace exactamente lo contrario de lo que uno hace; pone tercera y tiene un auto débil, que no puede partir de cero, cuyo motor se detiene... Así son las emociones. Uno cambia de emoción y cambia el espacio de la cosas posibles o accesibles en el ámbito de las conductas relacionales. Resulta entonces que uno no hace las mismas cosas bajo distintas emociones y digo que hay una sola emoción que hace posible la colaboración. Si las emociones son dominios de conductas relacionales, uno las puede caracterizar como las conductas que las constituyen y aquí voy a caracterizar una, la mas fácil de todas. La que voy a caracterizar aquí es el amor. Yo sé que si un científico habla de amor... Bueno. En todo caso, a mí no me molesta.

Anotaré lo siguiente. Amor: dominio de las conductas relacionales a través de las cuales la otra, el otro o lo otro surge como legítimo otro en convivencia con uno. Agresión: dominio de las conductas relacionales a través de las cuales la otra, el otro o lo otro es negado como legítimo otro en convivencia con uno. Indiferencia: dominio de las conductas relacionales a través de las cuales la otra, el otro o lo otro no aparece en relación con uno. Como ustedes saben, libros como el de la inteligencia emocional afirman que hay distintas clases de inteligencia. Yo pienso que no, que más bien hablamos de inteligencia cuando se observa plasticidad conductual consensual. "Este gatito es muy inteligente, ya sabe dónde le dejo la comida, por dónde salir, dónde duermo para meterse en mi cama, recién lo traje ayer y ya ha aprendido." "Este niño es muy inteligente, fíjate tú, no tiene ninguna dificultad para relacionarse con tal o cual persona". La capacidad de conducta consensual que se requiere para vivir en el lenguaje es tan grande que todos somos igualmente inteligentes. Me disculparán quienes se crean más inteligentes pero en realidad no lo son.

Si no hay alteración del sistema nervioso por traumatismos, enfermedades o desnutrición, todos somos igualmente inteligentes. Pese a que no vivimos los mismos mundos, ni tenemos las mismas emociones, ni compartimos las mismas circunstancias, en lo fundamental de la inteligencia no guardamos diferencia: la inteligencia que se requiere para vivir el lenguaje es tan grande que las pequeñas variaciones son irrelevantes. Uno dice de Einstein que fue una persona muy inteligente, pero yo creo que Einstein —y hay que decirlo— no era más inteligente que un ama de casa que mantiene a su familia unida, alimentada, en armonía..., con el sueldo de su marido. De modo que las dificultades del aprendizaje no tienen que ver con la inteligencia; tienen que ver con las emociones, con los ámbitos relacionales en los cuales se mueven los niños. ¿Por qué? Porque las distintas emociones nos orientan de distinta manera, nos movemos de distinta manera, nuestra sensorialidad es distinta, nuestro modo de estar es distinto, nuestro modo de razonar es distinto. Seguramente muchos de nosotros hemos encontrado a personas capaces de argumentar de modo impecable en favor de algo e igualmente capaces, en otras circunstancias, de argumentar en contra de la misma idea, hecho por el cual se acusa a dicha persona de ser irracional. Sin embargo, es perfectamente racional. Ocurre, simplemente, que cambió de emoción. Cambió de sistema racional en el cual hacer su argumentación.

Todos sabemos que, si queremos que un alumno salga mal en un examen, basta con generarle ansiedad, miedo, ansiedad por el miedo o ansiedad por la ambición. La única emoción que amplía el espacio de realización de la de la conducta inteligente es el amor, porque es la emoción desde la cual se abre la mirada. Y cuando abrimos la mirada porque aceptamos la legitimidad de nuestra circunstancia, todos nuestros conocimientos están a la mano. En cambio, cuando tenemos miedo, la mayor parte de nuestros conocimientos se desvanece. Otro tanto ocurre cuando alguien tiene ambición. (En Chile decimos que una persona puede estar ciega de ambición. En efecto, "Fulano está ciego de ambición" hace una referencia estricta a la mirada posible.) El amor es la única emoción bajo la cual hay colaboración. No hay colaboración bajo el miedo, no hay colaboración en la ambición, no hay colaboración en el competir. No hay colaboración en las relaciones de autoridad porque hay obediencia y sometimiento. De modo que, si queremos colaboración, debemos abrir un espacio en el cual el otro surja como legítimo otro en convivencia con uno, mas ¿desde dónde se abre este espacio entre los seres humanos? En el conversar, desde luego, pero el conversar requiere el escuchar. Si escuchamos al otro, el otro surge como legítimo otro en convivencia con uno, con lo cual se abre el espacio para la colaboración. Y es que, de una manera u otra, siempre nos transformamos en la convivencia según el emocionar que guíe nuestra convivencia.

Tomado de:
Sitio de Héctor Fainstein y su Equipo

Comments

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la verdad no me sirvio de mucho porque no me dio la respuesta a mi pregunta

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que lo sepan resumir el texto y que tengan mas experencia en hacer esto.

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Contenido muy enriquecedor,comparto mucho de lo planteado,pienso que lo de I.E. no difiere sino es lo mismo con otras palabras.Me gustan sus ejem, mas no entendí símil de ser humano con grabadora.Me encantó su postura ante las Dificultades de Aprendizaje.Es un potente artículo para la motivación y el crecimiento humano

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NO ME GUSTO LO QUE ESCRIBIERON ES MUCHO

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soy estudiante de biologia apenas curso el 1er semestre y necesito informacion sobre algunas tareas pero no es tan facil encontrala no se si usted como biologo me podria dar algo de lo q se me hace dificil encontrar es sobre material de campo como se utiliza y algo de su historia la verdad esto es muy importamte para mi y me gustaria q me respondiera y tengo musimas dudas y tareas q resolver,bueno mi msn es pulseeaazul@hotmail

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